lunes, 3 de octubre de 2011

En defensa del Magisterio de la Iglesia

En mi corto tiempo como bloguero, me he ocupado de refutar a distintos personajes del ambiente eclesiástico que de una u otra forma atacan al Magisterio de la Iglesia. Tal fue el caso de Ariel Álvarez Valdés atacando la doctrina de la indisolubilidad del Matrimonio, de Benjamín Forcano intentando justificar el aborto en las primeras ocho semanas de gestación, de José María Castillo intentando socavar el concepto de la Verdad... prontamente me encargaré de un texto de Nicolás Alessio, y seguramente en algún momento tendré que vérmelas con Eduardo De La Serna... en fin, siempre habrá disidentes en la Iglesia. Todos estos intentos de defender la ortodoxia, los tengo agrupados bajo la etiqueta "Adversus Haereses" (del latin "Contra herejes") que es el nombre de una obra de San Ireneo de Lyon (escrita hacia el año 180) contra los herejes gnósticos; pero me estoy yendo por las ramas...

En casi todos los casos en los que salta uno de estos disidentes, veo que hay un error común subyacente, que es el creer que se puede prescindir del Magisterio de la Iglesia para ser un verdadero cristiano. A fin de ahorrarme el repetir los mismos argumentos una y otra vez, y para darle a la refutación de este error el espacio, tiempo y dedicación que se merece, voy a hacer mi mejor esfuerzo para vertir en esta entrada todos los argumentos por los cuales ha de tenerse a dicha tesis como errónea y nociva para la Fe. Cuento con la intercesión de los Santos Patronos de este blog.

La impotencia de la razón humana ante Dios


Para el hombre es imposible conocer a Dios por sus propias capacidades. A lo sumo, dependiendo de la corriente filosófica a la que uno adhiera, se podrá conocer que existe un Dios, especular con ciertas características como la omnipotencia, la simplicidad, la inmaterialidad... pero no mucho más que eso. A pesar de los esfuerzos de mentes brillantes como Santo Tomás, San Anselmo, Pascal, Descartes, Gödel, Leibniz, etc., sigue habiendo gente que con honestidad intelectual profesa el agnosticismo e incluso lo que se denomina "ateísmo débil". En definitiva, el intelecto humano, frente al problema de la existencia y la esencia de Dios, está en un estado insuperable de limitación.

Sin embargo, un acontecimiento histórico cambió por completo esta situación: Jesús de Nazareth. Hace 2000 años, apareció un Rabbí en medio oriente, que llamaba a Dios "Padre" y que decía cosas tales como "el Padre está en mí, y yo en el Padre" (Jn 10, 38), "si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais" (Jn 8,19), "El Padre y Yo somos uno" (Jn 10, 30), "Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14,6). Quienes hemos creído en Él sabemos que ha venido para que los hombres "tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10), que Él es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6), que es "Señor y Maestro" (Jn 13, 13).

La auto-revelación de Dios en Jesucristo


"A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Jesucristo es el acto de auto-revelación de Dios al hombre. En sus enseñanzas hemos descubierto la razón de nuestra esperanza (Mt 5, 1-12), sus mandatos (Mt 5,17-7,28; 18,23-19,9; 22, 34-40; Lc 6, 27-49; 10, 29-36; Jn 13, 1-20.34s;15, 12-17), su inmensa Misericordia (Mc 2, 15ss; Lc 7, 36-50; 15; 19, 1-38; 23, 39-43; Jn 8, 1-11), su predilección por los más pobres y humildes (Mt 11, 25-30; 19, 13ss; Lc 9, 46ss; 16, 19-31), su presencia constante en medio nuestro (Mt 18, 19s; 28, 20), la forma en la que seremos juzgados (Mt 25, 31-46), la forma en la que debemos dirigirnos a Él (Lc 11, 1-13), la relación que debemos tener con los bienes materiales (Lc 12, 13-34; 16, 13ss)... mas aún, hemos descubierto que el mismísimo Verbo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros (Jn 1, 14) para lavar nuestras culpas (Jn 1, 29), a dar su vida por y para nosotros (Jn 3, 14), que "Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16), quiere ser uno con nosotros (Jn 6, 22-63; 15, 1-12; 17, 23) y que una vez concluido nuestro paso por este mundo, Dios quiere que vivamos eternamente en Su presencia (Mt 25, 34; Lc 23, 42s; Jn 14, 2s).

Y esto solamente son algunas pinceladas tomadas a vuelo de pájaro: todo aquel que haya penetrado en el Evangelio sabe que la revelación de Dios en Jesucristo es un tesoro inagotable, en el cual entramos en la intimidad de Dios, en el cual encontramos el sentido de nuestra existencia y de toda existencia. En Jesucristo se derribaron los muros que separan esta existencia natural nuestra de la realidad divina y sobrenatural; podemos acceder a verdades que de otra forma habrían permanecido mas allá de nuestra capacidad de comprensión. Aún así, también sabemos que Dios tuvo que "abajarse" para poder darnos a conocer estos misterios, de tal forma que aunque estos nos deslumbren, seguimos teniendo acerca de ellos un conocimiento limitado, acorde con nuestra condición humana.

El Depósito de la Fe y su "paradosis"


Concluido el paso de Jesús por este mundo, habiendo ya resucitado y antes de ascender a los cielos, dijo a los Apóstoles: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mt 28, 19-20), el testimonio de Marcos dice "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). "Todas las cosas" que el Señor ha "mandado", el "Evangelio", todo lo que Jesucristo ha revelado, es lo que la Iglesia denomina "Depósito de la Fe". Dicho depósito ha sido confiado a la Iglesia para que esta lo transmita de generación en generación hasta que Cristo vuelva. A esta transmisión generacional del Depósito de la Fe se la denomina "paradosis" o simplemente "tradición".

Ya en los textos mas antiguos del nuevo testamento podemos ver esta paradosis en acción. En la primera carta de San Pablo a los tesalonicenses, comúnmente considerado el texto cristiano mas antiguo que se conserva (escrito hacia el año 52 d.C.), vemos que el Apóstol escribe: "no dejamos de dar gracias a Dios, porque al oír ustedes la palabra de Dios que les predicamos, la aceptaron no como palabra humana sino como lo que realmente es, palabra de Dios, la cual actúa en ustedes los creyentes" (1Tes 2, 13). En la primera carta a los Corintios, escrita uno o dos años después, se puede leer: Ahora, hermanos, quiero recordarles el evangelio que les prediqué, el mismo que recibieron y en el cual se mantienen firmes. (...) Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, y luego a los doce..." (1 Cor 15, 1.3ss), y también un poco antes en la misma carta "Os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí y retenéis las instrucciones tal como os las entregué" (1 Cor 11, 2).

Casi con seguridad, posteriormente a estas cartas y otras como la carta a los Romanos, comenzaron a escribirse los Evangelios Sinópticos y los Hechos de los Apóstoles. En este último texto tenemos una crónica histórica de cómo los Apóstoles llevaron adelante los primeros esfuerzos de Evangelización, y como se conformaron las primeras comunidades cristianas fuera de Jerusalén. Finalmente, tomando todo el conjunto de testimonios de la era apostólica, vemos tres hechos importantes: (1) Que la predicación del Evangelio seguía siendo esencialmente oral (e.g. Col 1, 5ss; Gal 1, 11; 2 Tim 4, 2), (2) que era una tarea llevada a cabo por los Apóstoles o personas por ellos designadas (e.g. Tit 1, 5; 1 Tim 4, 14) y (3) que una vez muertos ellos, alguien debería sucederlos para continuar esta tarea (e.g. Hch 1, 16-22; 2 Tim 2, 2).

La defensa de la Fe en los primeros Siglos de la Iglesia


Habiendo muerto el último apóstol (Juan, hacia el año 100), la Iglesia prosiguió con su deber preservar y predicar el Evangelio. Sin embargo, ya desde el comienzo de esta época "post-apostólica" surgieron grupos de personas que distorsionaban la Fe. Tal es el caso de las sectas gnósticas como la de Valentín, los ebionitas, el montanismo, los seguidores de Marción, etc. Ante este tipo de desviaciones, la Iglesia siempre defendió lo que había recibido por tradición de los Apóstoles. Uno de los mas conspicuos defensores de la ortodoxia en la época post-apostólica fue San Ireneo de Lyon, quien hacia el año 180 d.C. escribió una obra intitulada "Adversus Haereses" (Contra herejes), en la cual podemos encontrar numerosas defensas de la Tradición, por ejemplo:
La verdadera gnosis [conocimiento] es la doctrina de los Apóstoles, la antigua estructura de la Iglesia en todo el mundo, y lo típico del Cuerpo de Cristo, formado por la sucesión de los obispos, a los cuales (los Apóstoles) encomendaron las Iglesias de cada lugar. Así nos llega sin ficción la custodia de las Escrituras, en su totalidad, sin que se le quite o se le añada alguna cosa, su lectura sin fraude, la exposición legítima y llena de afecto (por la Palabra) según las mismas Escrituras, sin peligro y sin blasfemia. (fuente, 33.8)

También podemos ver ejemplos de Tertuliano, escribiendo hacia el año 200, que a pesar de haber caído en la herejía hacia el final de su vida, dejó textos como los siguientes (todos tomados de aquí):
Si el Señor Jesús envió a los apóstoles a predicar, no hay que recibir otros predicadores fuera de los que Cristo determinó, puesto que «nadie conoce al Padre sino el Hijo, y a quien el Hijo lo revelare» (Mt 28, 19), ni parece que el Hijo lo revelase a otros fuera de los apóstoles, a quienes envió a predicar precisamente lo que les había revelado. ¿Qué es lo que predicaron, es decir, qué es lo que Cristo les reveló? Mi presupuesto de prescripción es que esto no se puede esclarecer si no es recurriendo a las mismas Iglesias que los apóstoles fundaron y en las que ellos predicaron «de viva voz», como se dice, lo mismo que más tarde escribieron por cartas. Si esto es así, es evidente que toda doctrina que esté de acuerdo con la de aquellas Iglesias apostólicas, madres y fuentes de la fe, debe ser considerada como verdadera, ya que claramente contiene lo que las Iglesias han recibido de los apóstoles, como éstos la recibieron de Cristo y Cristo de Dios. Al contrario, cualquier doctrina ha de ser juzgada a priori como proveniente de la falsedad, si contradice a la verdad de las Iglesias de los apóstoles, de Cristo y de Dios. Sólo nos queda, pues, demostrar que nuestra doctrina, cuya regla hemos formulado anteriormente, procede de la tradición de los apóstoles, mientras que por este mismo hecho las otras provienen de la falsedad. Nosotros estamos en comunión con las Iglesias apostólicas, ya que nuestra doctrina en nada difiere de la de aquéllos. Este es el criterio de la verdad.

si algunas [doctrinas novedosas] tienen la audacia de remontarse hasta la edad apostólica, a fin de parecer transmitidas por los apóstoles por el hecho de haber existido en la época de los apóstoles, les podemos replicar: Que nos muestren los orígenes de sus Iglesias; que nos desarrollen las listas de sus obispos en el orden sucesorio desde los comienzos, de suerte que el primer obispo que presenten como su autor y padre sea alguno de los apóstoles o de los varones apostólicos que haya perseverado en unión con los apóstoles. En esta forma, solo las iglesias apostólicas pueden presentar sus listas, como la de Esmirna, que afirma que Policarpo fue instituido por Juan, y la de Roma, que afirma que Clemente fue ordenado por Pedro. De la misma manera las demás Iglesias muestran a aquellos a quienes los apóstoles constituyeron en el episcopado y son sus rebrotes de la semilla apostólica. Que los herejes inventen algo semejante, ya que nada les es ilícito, una vez que se han puesto a blasfemar. Pero aunque lo inventen, nada conseguirán, puesto que su misma doctrina, al ser comparada con la de los apóstoles, declarará por su contenido distinto y aun contrario que no tuvo como autor a ningún apóstol ni a ningún varón apostólico. Porque, así como los apóstoles no enseñaron cosas diversas entre sí, así los varones apostólicos no enseñaron cosas contrarias a las de los apóstoles; a no ser que se admita que una cosa aprendieron de los apóstoles, y otra predicaron. Con tal forma de argumento les atacarán aquellas Iglesias que, aunque no presentan como fundador suyo a ninguno de los apóstoles o de los varones apostólicos, puesto que son muy posteriores y aun todos los días siguen siendo fundadas, sin embargo, por la comunión con aquella misma fe se consideran como no menos apostólicas en virtud de la consanguinidad doctrinal

Cuando surgía alguna disputa entre las mismas Iglesias, la primacía la poseía la Iglesia de Roma y los concilios ecuménicos. Para ver un testimonio podemos volver a San Ireneo, que en su obra ya mencionada escribe:
Pero como sería demasiado largo enumerar las sucesiones de todas las Iglesias en este volumen, indicaremos sobre todo las de las más antiguas y de todos conocidas, la de la Iglesia fundada y constituida en Roma por los dos gloriosísimos Apóstoles Pedro y Pablo, la que desde los Apóstoles conserva la Tradición y la "fe anunciada" (Rom 1,8) a los hombres por los sucesores de los Apóstoles que llegan hasta nosotros. Así confundimos a todos aquellos que de un modo o de otro, o por agradarse a sí mismos o por vanagloria o por ceguera o por una falsa opinión, acumulan falsos conocimientos. Es necesario que cualquier Iglesia esté en armonía con esta Iglesia, cuya fundación es la más garantizada -me refiero a todos los fieles de cualquier lugar-, porque en ella todos los que se encuentran en todas partes han conservado la Tradición apostólica (fuente).

Para profundizar en este asunto, resultan de sumo interés los documentos generados en el marco del diálogo ecuménico con las Iglesias Ortodoxas, tales como el famoso "documento de Ravenna" o el de San Nicolás.

Necesidad lógica de la autoridad magisterial


A la vista de los acontecimientos de los primeros siglos del cristianismo, la existencia de una autoridad magisterial surge inclusive como una necesidad lógica. La principal fuente a través de la cual podemos conocer la Revelación Divina obrada en Jesucristo, son los Evangelios; de esto no cabe la menor duda. Sin embargo, como todo texto escrito, es siempre susceptible de ser interpretado por quien los lee. La utilización de parábolas, el lenguaje muchas veces alegórico o no siempre de interpretación unívoca, hace que uno pueda proyectar sobre el texto diversos significados.

Si para conocer la Revelación dependiésemos únicamente de los textos evangélicos, pues entonces la revelación no sería tal: Los Evangelios serían solamente una orientación, una guía, pero la tarea de conocer a Dios volvería a estar del lado humano, ya que sería muy difícil o imposible llegar a cualquier significado unívoco de estos textos; incluso hay quienes interpretan de los Evangelios cosas contrarias a su letra, como negar la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía, negar que Jesús haya prohibido el divorcio, etc.

Pero no, no podemos hacer esa lectura del acontecimiento de Jesucristo: Quien crea que Jesús de Nazareth es realmente el Verbo Encarnado, debe creer también que Su Mensaje puede ser conocido de manera real y auténtica. Y es para ello que Jesucristo instituyó Maestros con autoridad para enseñar; me remito nuevamente a las citas de Mt 28, 19-20 y Mc 16, 15: Jesús no dice "Id y escribid" sino que les pide que "enseñen", que "prediquen". En otro pasaje Evangélico dice: "Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado" (Lc 10, 16), es decir, dándole a los maestros por Él instituidos su misma autoridad.

Siempre dependemos de "autoridades" al leer el Evangelio


Hay un artículo en inglés muy interesante denominado Sola Scriptura: Death by a Thousand (or Ten) Qualifications?. En este texto, el autor (¡un teólogo protestante!) describe todas las cosas en las cuales dependemos necesariamente de "autoridades" a la hora de leer el Evangelio:

  • Traducción: La lengua original de los Evangelios es el griego koine. Dado que poca gente es experta en esta lengua, para llegar al Evangelio necesitamos confiar en la autoridad de un traductor
  • Interpretación Lingüística: Aún si aprendiésemos griego koine, no basta con hacer una traducción palabra por palabra: Hay expresiones que podrían tener diversos significados hace 2000 años en Palestina... pensemos por ejemplo en expresiones nuestras como "tomar el pelo". Y aquí necesitamos confiar en una autoridad que nos diga el significado de estas expresiones.
  • Interpretación Hermenéutica/Filosófica: Aún teniendo resueltas las cuestiones lingüísticas, es evidente que una interpretación literal del Evangelio es insuficiente... ¿Que quiso decir Jesús cuando dijo "Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros"? ¿Y con todas las parábolas que no son explicadas en el mismo Evangelio?
  • Conocimiento Histórico/Cultural: Siendo los Evangelios textos escritos hace dos milenios, en otra geografía y otra cultura, hay seguramente ciertos significados de los mismos que se nos escaparían si no tuviésemos un conocimiento de la historia y la cultura de la época. Si carecemos del mismo, debemos confiar en otra autoridad.
  • Aplicación: Aún teniendo resueltos los asuntos lingüísticos y culturales, ¿Que es lo que el texto enseña? ¿Todas las enseñanzas del Evangelio aplican a todas las personas? Cuando Jesús dice: "Hagan esto en memoria mía" ¿Cuál es el significado exacto de "esto"?
  • Implicancias Místicas: ¿De que forma interviene Dios en nuestra lectura de la Biblia? ¿Nuestra interpretación de los Evangelios es una actividad puramente intelectual o hay por parte de Dios una intervención, sea "inspirando", "iluminando", etc.? En este último caso, ¿Como conciliar "inspiraciones" aparentemente contradictorias?
  • Crítica Textual: Por si alguno no lo sabe, existen miles de manuscritos, papiros, rollos, etc., de los textos bíblicos. Al ser estos copiados a mano, hay decenas de miles de diferencias entre ellos. ¿Quien determina cuales son los manuscritos mas fidedignos?
  • Canonicidad: Otra cuestión interesante. Los cuatro Evangelios que hay en la Biblia no son los únicos Evangelios que existen... hay por lo menos 20 textos narrando vida, obra y dichos de Jesús, escritos entre los años 50 d.C. y 200 d.C.. ¿Quien determina cuales de ellos son auténticos y cuales no?
  • Tradiciones: ¿Que actitud debemos tomar para con la tradición? ¿Hay tradiciones dignas de confianza y otras que no? ¿Como se concilia una interpretación contraria a las interpretaciones tradicionales? ¿Hay tradiciones dignas de confianza (por ejemplo, la determinación de los textos canónicos) y otras que no?
  • Teología: El fin último de la Revelación es que el hombre pueda tener una Theos(Dios)-Logia(Conocimiento). Ciertamente, la teología es una ciencia en si misma... pero, ¿es que acaso hay que estudiar teología como ciencia para poder acceder a la revelación?

La consecuencia de todo esto me parece evidente: Es imposible que un único ser humano posea todos los conocimientos necesarios como para acceder sin intermediarios al contenido exacto de los textos que hablan de Jesús; uno debería ser experto en griego koine, hebréo y arameo, tal y como se usaban hace 2000 años en lo que ahora es Palestina, conocer profundamente esa cultura, ser experto en crítica textual y un estudioso de todos los textos que hablaron de Jesús, ademas de estudiar teología y filosofía... para todo aquello en lo que no seamos expertos (y creo que el cristiano promedio está lejos de ser experto en cualquiera de esas áreas) dependemos de otras "autoridades". En tal caso, me pregunto: ¿No es acaso mejor depender de alguien que recibió su autoridad de Cristo?

Escapando a la oligarquía de los teólogos


Sin embargo, lo que propone un amplísimo espectro del cristianismo, especialmente protestante y católico-liberal, es: "No confíe en el Magisterio, no siga al Magisterio, no confíe en el Magisterio, no existe el Magisterio... sígame a mi, yo tengo 'la posta'" Así, tenemos una variada oferta de teólogos, pastores, etc., cada uno con su teología abajo del brazo, para que aquellos que no pudimos estudiar teología podamos saber "que es lo que Jesús REALMENTE quiso decir". Y así, la Revelación, el Evangelio, se pierde para siempre en eternas disputas exegéticas, teológicas, textuales, históricas, etc.

Pero no, es necesario, lógicamente necesario, que el ya mencionado "Depósito de la Fe" pueda ser accesible a toda persona en todo tiempo y lugar que quiera conocerlo. Si no, la encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de N.S.J.C perdería sentido, porque Dios podría habernos salvado de infinitas maneras, pero además de salvarnos, eligió también darse a conocer. Por eso Jesucristo conformó a la Iglesia "docente", con autoridad para enseñar, para llevar adelante la "paradosis" de la Revelación, hasta que Él vuelva.

De esto se desprende lógicamente la "infalibilidad" (incapacidad de engañar o ser engañada) de la Iglesia con respecto a lo que ha revelado Jesús: Si la Iglesia fuese a errar con respecto a tal o cual verdad Revelada, dicha verdad se perdería para siempre, ya que no existe autoridad este mundo que pueda "corregir" la Fe de la Iglesia; por mas conocimientos teológicos que posea dicha autoridad, por mas capacidad intelectual que tenga, la "autoridad" en cuestión será siempre humana, mientras que la Iglesia ha recibido su autoridad de Cristo mismo.

Les guste a los teólogos o no, la teología como ciencia siempre está al servicio del Magisterio. El Papa y los Obispos tienen otras responsabilidades mas urgentes que el estudio (independientemente de que algunos sean teólogos brillantes, como el actual Papa). Por eso el teólogo debe comprenderse a si mismo como un colaborador del Magisterio, siempre sometiendo sus conclusiones al discernimiento de este. Hay un documento muy interesante escrito por el entonces cardenal Ratzinger, denominado Donum Veritatis, sobre la vocación eclesial del teólogo, que explica magistralmente cual es la verdadera vocación del teólogo en la Iglesia y como debe relacionarse la teología con el magisterio. Por lo demás, cualquier intento del teólogo de ponerse por sobre el Magisterio, es contrario a cómo Cristo quiso que el Evangelio llegue a los hombres.

Lo mismo debe sostenerse con respecto a la aplicación de las enseñanzas Evangélicas a las problemáticas actuales, como la bioética, la justicia social, etc. Pretender que porque el Evangelio no habla de tal o cual asunto (por ejemplo, el aborto) uno no puede iluminarlo desde la revelación, es una estupidez. De los principios y enseñanzas de la Revelación, uno puede iluminar toda realidad humana, ordenándola según la voluntad de Dios. Esta tarea, corresponde a los pastores y maestros de la Iglesia, asistidos, si, no solo por los teólogos, sino también por las ciencias humanas.

La enseñanza del Concilio Vaticano II


Muchos teólogos disidentes se llenan la boca hablando del Concilio Vaticano II, sin embargo, pareciera que hay ciertos puntos que parecen obviar. Especialmente de la Constitución Dogmática Lumen Gentium:
Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió (cf. Lc 10,16)
Entre los principales oficios de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas (cf. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan (cf. 2 Tm 4,1-4). Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres [el original en latin es "moralium", que podría haberse traducido mejor como "moral"], deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo.

Aunque cada uno de los Prelados no goce por si de la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres [de nuevo, moral], convienen en que una doctrina ha de ser tenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo. Pero todo esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico, son para la Iglesia universal los maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión de la fe.

Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, prometida a él en la persona de San Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal. Porque en esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe.

Mas cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los Obispos juntamente con él definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la cual deben atenerse y conformarse todos, y la cual es íntegramente transmitida por escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los Obispos, y especialmente por cuidado del mismo Romano Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu de verdad, es santamente conservada y fielmente expuesta en la Iglesia. El Romano Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la importancia del asunto, trabajan celosamente con los medios oportunos para investigar adecuadamente y para proponer de una manera apta esta Revelación; y no aceptan ninguna nueva revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe.

Sobre los distintos niveles de certeza teológica y de autoridad magisterial


La Iglesia no presupone que todas sus enseñanzas sean infalibles, ya desde muy temprano la teología distinguió los distintos niveles de "certeza teológica" y los distintos niveles de autoridad magisterial con los que una doctrina puede ser enseñada. Dentro de la primer categoría tenemos los "dogmas de Fe", aquellas enseñanzas que tenemos como infaliblemente ciertas; luego, las "sentencias próximas a la Fe" que normalmente son aceptadas como parte de la revelación aunque el Magisterio no lo haya definido expresamente. Las "sentencias ciertas" no están definidas solemnemente pero se deducen con claridad de los dogmas de Fe. Las "sentencias comunes" expresan el consenso de los teólogos, las "sentencias probables" son las teorías teológicas válidas, etc.

Con respecto a la nivel de autoridad con que una doctrina es proclamada, se distinguen tres niveles: Las definiciones solemnes, que establecen que una doctrina es dogma de Fe y que son actos "extraordinarios" del Magisterio; luego, el magisterio ordinario infalible, que contiene verdades que si bien no pertenecen estrictamente al depósito de la Fe, se coligen necesariamente de este y que el Magisterio propone y presenta de forma definitiva; finalmente, el magisterio ordinario, que si bien no es infalible y puede ser reformado, ha de ser recibido por todos los fieles con religioso respeto.

Ciertamente que los teólogos pueden lícitamente discutir e investigar acerca de todo aquello que no haya sido propuesto de forma definitiva e infalible, pero es importante hacerlo con espíritu y vocación eclesial, y no en una actitud de oposición a la Iglesia (remito nuevamente al documento Donum Veritatis). Cuando uno disiente acerca de tal o cual doctrina, debe proceder con prudencia y con metodología digna de la ciencia teológica: es absolutamente condenable hacer parte de una disputa teológica a los fieles o a los medios de comunicación con el fin de ejercer presión sobre los legítimos pastores de la Iglesia. Como dice Donum Veritatis, "si la verdad está verdaderamente en peligro, terminará necesariamente imponiéndose".

Conclusión


Repaso brevemente la linea argumental de la presente defensa del Magisterio de la Iglesia: Para el hombre es imposible conocer a Dios por sus propias capacidades intelectuales. En el mejor de los casos, la filosofía puede demostrarnos la existencia necesaria de una primera causa creadora, inmaterial, omnipotente, pero no puede ir mas allá. Para quienes creemos en Jesucristo, Él constituye la auto-revelación de Dios al hombre, y en Él podemos conocer su amor por nosotros, su Voluntad, sus designios, etc. Todo lo que Cristo ha enseñado (la Revelación, el depósito de la Fe), fue encomendado a los Apóstoles para que estos lo enseñaran a todas las gentes. Una vez muertos ellos, sus Sucesores continuaron con esta misión, que se prolonga hasta nuestros días y que continuará hasta que Cristo vuelva.

Es imposible llegar al verdadero mensaje de Jesucristo prescindiendo de los maestros que Él instituyó. Por mas que uno haga una lectura lo más informada e imparcial posible de los Evangelios, nunca podrá llegarse a un consenso acerca de la totalidad de su significado, por lo cual, es lógicamente necesario que exista una Autoridad divinamente instaurada que permita interpretar correctamente los textos evangélicos; de otra forma, se caerá necesariamente en una "oligarquía de los teólogos" en la cual la Revelación se perdería para siempre en eternas disputas teológicas, exegéticas, textuales, etc. Lo mismo debe decirse con respecto a aplicar las enseñanzas Evangélicas a realidades modernas que de las cuales este no habla, como la ética científica, las problemáticas sociales actuales, etc.

La enseñanza del Concilio Vaticano II y otros documentos magisteriales (especialmente la instrucción Donum Veritatis), nos enseña cual es la actitud que debemos tener para con las diversas enseñanzas de la Iglesia, cual es la auténtica vocación del teólogo dentro del Cuerpo Eclesial, de que forma debemos proceder cuando no podemos aceptar en conciencia alguna doctrina, etc. Siempre debemos tener en cuenta que si realmente creemos que el Evangelio en su totalidad no se ha perdido, entonces la Iglesia es la única con autoridad para enseñarlo, y que por ser Cristo mismo quien la instituyó y por su promesa de que su Espíritu la asistirá, la verdad "terminará necesariamente imponiéndose". La Revelación la pagó Dios con la sangre de su Hijo, y un don tan grande no puede perderse por la falibilidad de los hombres.

1 comentario:

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    Como te dijomos, la primera fue una ADVERTENCIA, esta es UNA PROMESA.
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    Que te quede claro Ermita.
    No jugamos con esto, va en serio.

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