miércoles, 7 de septiembre de 2011

Música Litúrgica: Tres errores acerca de la Inculturación

Ofrezco a continuación un artículo posteado hace unos meses en La Buhardilla de Jerónimo, que es la traducción del italiano de un artículo publicado en Zenit acerca de la música litúrgica y la inculturación. El autor es el "profesor Aurelio Porfiri, docente de música litúrgica y dirección de coro, coordinador del programa musical en la Universidad de San José de Macao (China), y compositor de cantos litúrgicos en latín, italiano e inglés". Estoy totalmente de acuerdo con las opiniones vertidas por el autor; agrego solamente algún que otro comentario.



Examinando desde hace años la cuestión, yo creo que se tiende a caer en tres errores u obstáculos cuando se habla de cómo la música [litúrgica] se debe inculturar en el mundo de hoy. Son errores probablemente hechos de buena fe y estoy obviamente abierto a la discusión. Pero después de años de observación y lecturas me parece precisamente que, al menos en estos tres puntos, sería necesario reflexionar más atentamente.

Un primer error común es: inculturación significa recomenzar desde cero, significa destruir la cultura litúrgica (y musical) de proveniencia. Ahora bien, no podemos callar, sin ser injustos, que el cristianismo se ha desarrollado en determinados contextos culturales que han aportado también muchas cosas buenas y todavía en parte válidas para la función del mensaje mismo, también en la liturgia y en la música. ¿Por qué destruir todo? En efecto, algunos ejemplos verdaderamente buenos de inculturación de la música litúrgica son precisamente la prueba de que la destrucción no sirve de nada; lo que sirve es la nueva creación generada por aquello que viene de antes y que se convierte en parte, me animaría a decir genética, de esta nueva creación. Este pasado no es un estorbo, es una oportunidad. Canto gregoriano y polifonía han sido por siglos el repertorio litúrgico de la Iglesia católica. Podemos intentar ir más allá pero no por esto es necesario despreciarlos o considerarlos como enemigos de la “nueva música litúrgica” [Dice el Concilio Vaticano II: "La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.]". Deberían ser los padres a los cuales respetar y amar, no tiene sentido avergonzarse de ellos. Por parte de algunos hay una furia, casi revolucionaria me atrevería a decir, que busca comenzar siempre todo desde cero, lo que me parece, al menos, imprudente. Lo que se necesita no es una revolución sino una evolución. Siempre buscar hacerlo mejor pero con la conciencia de poder ver más lejos porque nos queremos sentar sobre las espaldas de los gigantes que nos han precedido. Recordemos que la instrucción de 1994 sobre la inculturación en la Liturgia Romana se llamaba Varietates Legitimae, legítimas diferencias, variaciones, no destrucciones.

[Este "primer error" se ve constantemente en la Iglesia Argentina: No hay ni hubo la menor intención de "inculturar" en sentido estricto, sino que se reemplazó la música propia de la liturgia por otra que nada que ver... rock, folklore, etc.]

Un segundo error común es de tipo más cultural: se identifica como cultura de ciertas naciones un determinado repertorio que, en realidad, es más la cultura creada por los mass media. Cuántas veces he oído cantar a los jóvenes las habituales canciones resonantes, modelos musicales provenientes de la música de consumo (que no tiene nada de malo en sí misma, es el contexto el que está equivocado). Ahora bien, como ya advertía el Cardenal Ratzinger en su libro Introducción al espíritu de la liturgia, no se puede decir propiamente que esta música sea música popular (en el sentido expresado por la Sacrosanctum Concilium en el punto 119, expresión del genio de un pueblo), dado que es claramente el producto de algunas determinadas estrategias de mercado. Tampoco se puede negar que la gran música del pasado no era popular en sentido estricto, siendo el fruto de estrategias eclesiásticas y políticas. Pero creo que la diferencia relevante es que la música litúrgica del pasado nunca ha pretendido ser “popular” sino que, sin duda, era para el pueblo. Nacía como gran arte para estar luego a disposición de todos. Es necesario hacer también una observación que proviene de la historia: sabemos cómo la causa del movimiento ceciliano para la reforma de la música litúrgica, que influenciará también el famoso Motu Proprio de San Pío X, será el tipo de música que se escuchaba en las iglesias del siglo XIX, fuertemente influenciada por la música operística. Pero, y esto a menudo no se dice, aquello era realmente un ejemplo logrado de inculturación. La música operística en el siglo XIX era la música de todos, pobres y ricos, impregnaba el tejido social y cultural. Por lo tanto, tomando la manera en que algunos entienden hoy la inculturación, debería ser aceptada con todos los honores. Pero, aunque era a veces de producción técnica apreciada y amada por amplios estratos del pueblo y del clero, no fue luego aceptada porque no se conformaba a algunos cánones que la música litúrgica debería poseer y sobre los que se podrá volver luego. Por lo tanto, este repertorio fue sustituido poco a poco por otro que se consideraba más conforme a la acción litúrgica. Siempre en Varietates Legitimae, en el punto 19, se dice que las culturas deben ser purificadas y santificadas en el momento de encuentro con la liturgia. No se toma todo lo que hay. San Pablo hablaba de examinar todo y quedarse con lo que es bueno, no arrojarse en los brazos de las mutabilidades humanas.

[Este "segundo error" también se aprecia en nuestra Iglesia. Si bien hay bastantes piezas musicales que toman formas folklóricas auténticas, hay otras que están cláramente inspiradas en la música radial. Y por otro lado, aunque se tome como fuente el folklore, hay una enorme cantidad de ritmos folklóricos que no son apropiados para la liturgia ¿Porque? Porque se alejan de su "espíritu", es decir, no llevan a la psiquis de quien la escucha a estar en un estado coherente con lo que está aconteciendo en la liturgia.]

Un tercer error común, consecuente al segundo, es que se hace entender que todo debe partir siempre de una supuesta base. Pero no es así en el mundo real. Si se piensa en la revolución informática, nos damos cuenta de que hay siempre una elite que, en cierto sentido, orienta e inspira la base. Esta elite comprende los genes que han revolucionado el modo en que nos comunicamos. Ellos orientan la revolución informática incluso esperándose posibles fallos y fracasos. Pero su creatividad y experiencia permite el avance enorme que estamos viviendo. Lo mismo sucede con la música litúrgica: la “elite”, formado por los profesionales, trabajaba por el bien de todos, al servicio de todos. En cambio, se pensó que era necesario eliminar este elemento intermedio, que una sana inculturación significaba des-profesionalizar al músico de iglesia. Todo debía ser fruto de la espontaneidad. Pero recordemos que esta elite, como las informáticas, eran extremadamente democráticas. Cualquiera podía formar parte de ella, también desde los estratos más humildes del pueblo, si poseía la voluntad de aplicarse en el estudio y en la práctica musical. También hoy, cuando se habla de inculturación en el campo de la liturgia y de la música, se tiende a pensar que música del pueblo significa música que el pueblo escucha. Pero los dos conceptos pueden ser muy diversos. Mis estudiantes chinos están muy familiarizados con el pop y el rap americano pero lo están muy poco con su cultura musical de origen. ¿Qué es lo que se inculturará?

[También acertadísimo el tercer error: ¿Porque siempre se "nivela para abajo"? Los Jesuítas, entre las tantas cosas que le enseñaron a los guaraníes, les enseñaron a interpretar la música litúrgica del rito romano. Si ellos pudieron aprender, que no sabían latín ni tenían un sistema educativo tan desarrollado como el nuestro, ¿no podrá acaso aprender cualquiera? Por otro lado, la gente no es tonta: en el siglo XIX, el "vulgo" escuchaba a Beethoven... los valses de los Strauss eran "la cumbia" del pueblo. Hoy por hoy, hay todo un movimiento de orquestas juveniles, muchas veces con chicos de bajos recursos. Si uno va a un conservatorio como el de Quilmes, puede encontrar gente de todos los "niveles de ingreso". Pero hay gente que piensa que la música buena no puede ser entendida ni disfrutada por la gente común. Huevadas. Elitismo no-intencional (en el mejor de los casos). Se van todos al cuerno: ¡Que vuelvan el gregoriano y la polifonía a las Misas!]

Yo creo firmemente que los tres puntos anteriormente expuestos han sido una burda distorsión de las instancias del movimiento litúrgico. La inculturación se entendía como momento naciente, no como apocalipsis de aquello de lo que proveníamos. La inculturación era impregnarse nuevamente de la tradición para nuevas primaveras de fe, no salir a la gélida noche de lo desconocido a cualquier precio. Aquello que los padres nos han dejado no debería ser vivido como un peso sino como una oportunidad. El pasado es como el grano de trigo que momentáneamente desaparece para reaparecer en nuevas creaciones, modificado pero permaneciendo siempre el mismo.



Acá de nuevo el eremita. Bueno no hay mucho que agregar. Voy a volver sobre este tema numerosas veces: el status actual de la música litúrgica no tiene nada que ver con lo que quiso el Concilio Vaticano II, de hecho, no tiene nada que ver con el espíritu de la liturgia. Un caso concretísimo: El Agnus Dei (Cordero de Dios). Esta oración es una oración mas bien penitencial: Se le pide a Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, el que quita el pecado del mundo, que tenga piedad de nosotros y nos conceda la paz. Si dicha oración se canta (y hoy por hoy hay que tener suerte para que en una Misa se cante la oración según su texto original) no se puede entonar al ritmo de un takirari, una cumbia o un chamamé. Esos ritmos llevan los sentimientos de las personas a un estado festivo. Y este momento concreto de la liturgia no es para nada festivo: es un momento de súplica. Eventualmente voy a profundizar mas en el asunto. Por lo pronto, creo que el artículo del profesor Porfiri es incuestionable y que sus planteamientos deberían ser discutidos en todos los estratos de la Iglesia.

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