martes, 27 de septiembre de 2011

El Arrepentimiento (por Dietrich von Hildebrand)

Uno de mis filósofos y teólogos favoritos es Dietrich von Hildebrand. El tipo fue un fenomenólogo (aunque alejado de las corrientes mas populares de esta escuela de pensamiento) y utilizó su filosofía como punto de partida para penetrar en la teología, especialmente la teología moral y la teología ascética.

La obra mas fascinante de este señor es, a mi jucio, "Nuestra Transformación en Cristo", de la cual soy un privilegiado poseedor (está totalmente agotada en todas sus ediciones, la mía es de 1955 y me la hice traer de España... valió cada euro). En esta obra, el autor va describiendo diferentes aspectos de la metanoia, la conversión del cristiano en un ser nuevo, identificado con Cristo Jesús. Uno de los primeros capítulos de esta obra, trata acerca del arrepentimiento y creo que es el análisis mas profundo y rico acerca de este aspecto de la vida cristiana. Es por ello que he decidido transcribirlo aquí, con mínimos cambios estilísticos; son ocho páginas del libro, MUY largo para una entrada de blog, pero vale el esfuerzo. Espero que este sea solo el primero de muchas entradas acerca de este groso. Los énfasis del autor están en cursiva, los míos en negrita.



 Al principio del encuentro del alma con Dios, está el arrepentimiento. El hombre cuyo corazón es tocado por la palabra de Jesucristo, que cae de rodillas ante el rostro del Señor, dice por de pronto con San Pedro: «Aléjate de mi, no soy más que un pobre pecador» (Lc 5, 8). La confrontación de nuestra propia persona con Dios nos hace reconocer nuestra indignidad y culpabilidad. Pero de esta confrontación no sólo resulta el reconocimiento de nuestra bajeza, sino también el dolor por nuestros pecados; la culpa que hemos cargado sobre nosotros arde en nuestro corazón, y nos postramos ante Dios llenos de arrepentimiento y exclamamos: «Sólo ante Ti he pecado y he cometido maldad ante Tu rostro» (Sal 51, 4).
    Únicamente mediante el arrepentimiento de nuestras culpas podremos apartarnos del mal y volver a Dios explícitamente. Al mismo tiempo nos damos cuenta que nuestro pecado se vuelve hostilmente en contra de nosotros mismos: «Mi pecado está siempre en contra de mi» (Sal 51, 5). Sin este gesto de retirar las ofensas contra Dios, es decir sin apartarse explícitamente de los pecados pasados, no es posible una verdadera entrega a Dios, no puede existir disposición a dejarse transformar por Él, no se puede seguir el llamamiento de Jesucristo: «Sígueme». Sólo a partir del arrepentimiento se funde, por así decir, toda la dureza de nuestro corazón, de tal forma que pueda aparecer (...) aquella capacidad de ser modelados por Jesucristo.

    ¿En qué consiste la naturaleza del verdadero arrepentimiento? Hay una especie de mala conciencia que cabe separar claramente del arrepentimiento. Un pecador puede sentir intranquila su conciencia, los «remordimientos» pueden agobiarle, tiene pleno convencimiento de estar obrando mal y esta convicción perturba su paz, le roba la armonía interior. Pero a pesar de ello no se rinde, intenta ensordecer su conciencia y permanece solidarizado con sus pecados. (...) La conciencia intranquila no contiene aún metanoia alguna, ni conversión del corazón. Se permanece en la misma postura desde la que se cometieron los pecados; y aunque pesen mucho, nuevas culpas se van acumulando encima de las antiguas. Se rechazan los remordimientos, se lucha en contra de la conversión.
    La verdadera contrición, en contraste, contiene una conversión explícita, rehúsa activamente los pecados cometidos, se distancia de lo ocurrido y abandona la postura ocupada al cometer el pecado. Renegamos del hombre viejo y renunciamos por principio a nuestra postura anterior. Abandonamos la fortaleza de la autodefensa y del endurecimiento, nos humillamos y cedemos a la voz de la conciencia. Por todo ello se hace muy otra la disarmonía que reina en el alma. La oscura y pasiva opresión con la que se mezcla el veneno que nace de la destructora disarmonía que yace en toda culpa, cede al dolor activamente consumado respecto del pecado. El corazón es traspasado por este dolor, pero al mismo tiempo es iluminado por un rayo del anhelo del bien.

    En el arrepentimiento no nos afligimos solamente por el pecado cometido, sino que lo condenamos expresamente, nos apartamos de él. Intentamos, por así decir, revocar el agravio. Pero haciendo esto, tropezamos contra nuestra impotencia, pues no podemos convertir nuestra culpa en no ocurrida. Sentimos claramente que toda conversión interior, todo comienzo de un nuevo camino, no disuelve los pecados cometidos y no puede borrar la culpa. Por esto el arrepentimiento, cuando no va entretejido con la esperanza de la misericordia de Dios, tiene que conducir a la desesperación. Tal fue el arrepentimiento de Judas.
    Por esta razón, el verdadero arrepentimiento cristiano tiene que ser acompañado por un afán de acudir a Dios, de postrarnos ante Él, de entregarnos a Él. En esta conversión estamos dispuestos a tomar a nuestro cargo la penitencia y la expiación por nuestros pecados, nos presentamos ante Dios para recibir de Su mano el justo castigo, sea cual sea. Y más aún: asimos, por así decir, la lanza que tiene que traspasarnos como penitencia y realizamos con Dios el gesto que representa Su respuesta a nuestros pecados. No obstante suplicamos a Dios en el arrepentimiento que nos perdone esperando Su misericordia y la reconciliación con Él, llenos de fe en Su poder de borrar toda culpa.

    El verdadero arrepentimiento apela a la misericordia de Dios y al perdón de nuestra culpa por Él. El cristiano sabe ciertamente que ningún arrepentimiento puede borrar la culpa del pecado, pero sabe también «que el cordero de Dios ha limpiado todos los pecados» y que el Dios todopoderoso y misericordioso absuelve toda culpa y perdona por obra de Jesucristo a cuantos le confiesen sus pecados profundamente arrepentidos. La conversión que se realiza en la verdadera contrición, es por lo tanto un volver a Dios, un apresurarse al refugio de la misericordia divina. Esta actitud conlleva la consciencia de no tener ningún derecho al perdón, como lo experimenta el hijo pródigo al decir: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo» (Lc 15, 18); aunque, al mismo tiempo, se alimente la esperanza de la incomprensible largueza y misericordia de Dios. De este tipo fue el arrepentimiento de David después de su caída a causa de la mujer de Urías, contrario a la conciencia de culpabilidad de Adán, que por remordimiento se escondió ante Dios e intentó huirle; como el de David fue el arrepentimiento de San Pedro, tras haber renegado de Jesucristo, cuando la mirada amorosa de Jesús le traspasó el corazón.
    La esperanza de la reconciliación con Dios y del perdón de los pecados no es ciertamente ningún elemento de la contrición en sí misma, pero la desarrolla profundamente y le confiere aquel nuevo carácter frente al arrepentimiento natural en su forma auténtica. El dolor por los pecados cometidos no disminuye por ello, al contrario, se hace incomparablemente más profundo ante el amor y la misericordia infinitos de Dios, pero se convierte en un dolor luminoso y mitigado, un dolor con amor. Sólo este arrepentimiento engendra lágrimas, al arrepentimiento sordo del que se desespera le falta el alivio del llanto; conoce a lo sumo lágrimas de ira contra si mismo. Pensemos en las lágrimas con que María Magdalena lavó los pies del Señor y en el arrepentimiento seco, desesperado, sordo de Judas, que no deja sangrar el corazón, sino que lo petrifica.

    Al verdadero arrepentimiento no sólo corresponde el dolor por los pecados ya pasados, sino también el anhelo de reconciliarse con Dios, la nostalgia de caminar otra vez por Sus caminos. Encontramos en él, por lo tanto, junto a una dirección hacia el pasado, también una dirección hacia el futuro. La conversión que se realiza en él contiene de manera inmanente este profundo anhelo: de no separarse nunca más de Dios en el futuro. Es cierto que la resolución concreta de quedarse con Dios, no puede actualizarse en su totalidad, hasta que no esté establecida la reconciliación con Dios y esta, el hombre no la puede obtener por sus propias fuerzas, sino que sólo el mismo Dios sabe operarla.
    Asimismo el arrepentimiento no solamente encierra la repudiación de los pecados cometidos, el gesto de revocarlos, el intento -en sí, naturalmente impotente- de anularlos como si no fueran hechos; ni tampoco sólo las palabras inmanentes «¿cómo he podido hacer esto?» sino también aquellas otras: «nunca más volveré a hacerlo»; es decir, un rehuso de todo pecado incluso para el tiempo futuro.
    Este aspecto de la orientación hacia el futuro no debe engañarnos sobre el hecho que el rehusar del pasado constituye el elemento específico del arrepentimiento, por el que se convierte en el supuesto indispensable de toda auténtica conversión interior. Personas que se creen que baste ya no hacer mal de un punto en adelante, pero que pasan al orden del día respecto al mal del pasado, no se corrigen realmente. Su mejor conducta actual tiene algo de casual. No es posible que hayan penetrado hasta una relación consciente con el mundo de los valores éticos y de sus postulados inexorables, si no entienden que tienen que adoptar una posición respecto a la culpa del pasado, creyendo por así decir que un mal moral pueda «prescribir». Estas personas no se han despertado todavía a la mayoría de edad ética; no han comprendido que no somos solamente responsables de lo presente, sino que, a causa de la continuidad que radica en nuestro ser, nos quedamos solidarios con todo lo que hemos hecho, mientras no lo hayamos renegado expresamente. Si hombres de este talante dicen: «Para qué ocuparnos del pasado, ya que no lo podemos cambiar?» - entonces demuestran que no han entendido las exigencias del mundo moral que nos obligan a rechazar aquellos actos que ya no se pueden anular. Un verdadero despertar, un verdadero volverse necesariamente hacia Dios tiene que conducir también a una actitud definida frente al mal cometido anteriormente, a un dolor por todos los pecados en particular en los que se ha incurrido y, en conjunto, frente a la actitud moral hasta aquel momento y a un rechazo de todo lo anterior explícito, no sólo tácito.

    Y más aún. A una auténtica conversión corresponde también la conciencia de que no podemos llegar a una reconciliación con Dios hasta que nuestra falta no haya sido perdonada por Él y hasta que no la hayamos expiado. Quien realmente se convierta a Dios, quien súbitamente reconozca ante Dios dónde se había hallado hasta entonces, éste también podrá comprender que sus faltas le separan de Dios, que, mientras éstas no hayan sido borradas no cabe reconciliación con Dios y que él mismo nunca será capaz de borrarlas por sus propias fuerzas. Harto sabe que todo arrepentimiento, todo dolor por sus faltas, todo repudio de los pecados cometidos, toda ruptura interior con su vida pasada, todo dirigirse hacia una nueva posición, no puede derrumbar el muro que le separa de Dios y que ha levantado su culpa. Sabe muy bien que sólo el perdón de Dios puede borrar los pecados y que fue Jesucristo quien redimió el mundo y dijo a Pedro: «Lo que tú desates en la tierra, será desatado en el cielo» (Mt 16, 19). El cristiano (católico y ortodoxo) sabe, que Dios le ha conferido el sacramento de la penitencia como don de Su gracia. Y que, cuando confiesa arrepentido sus pecados al representante de Dios, Jesucristo borra su culpa y tiende un puente sobre el abismo que lo separa de Dios. Sabe que el obstáculo para el despliegue de la vida sobrenatural en él se elimina por obra de la absolución del sacerdote y le hace volver al estado de gracia.
    Objetivamente ya se produce en el arrepentimiento como tal una modificación profunda que sólo por éste se puede realizar: el dolor por la culpa del pasado y el repudio de esta culpa, el gesto por el que nos colocamos en una nueva posición, - el retorno a Dios: todo esto ya significa en sí mismo una esencial transformación interior. Pero ésta no se puede equiparar con la liquidación de la culpa; la disarmonía que se halla en ella, perdura sin disminuir y constituye un obstáculo para la reconciliación con Dios. Sólo por el perdón de Dios la culpa se puede borrar; sólo por la sangre de Cristo puede ser expiada, sangre de la que dice Santo Tomás: «cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere» («de la que basta una sola gota para limpiar el mundo entero de todo mal», Ritmo de Santo Tomás de Aquino).

    Ciertamente, el sacramento de la penitencia en sí no es indispensable para borrar la culpa. En caso de un pecado venial puede reemplazar el sacramento todo acto de contrición y en el caso de un pecado mortal (cuando la confesión resulta imposible) un acto total de arrepentimiento; de manera análoga como en el bautismo de deseo y el de sangre, un acto interior y/o exterior puede sustituir el sacramento. Pero aún en estos casos no es nunca la fuerza inmanente en el acto de arrepentimiento humano lo que borra la culpa, sino solamente Jesucristo por Su muerte en la cruz. El arrepentimiento como profunda transformación interior sólo abre el camino por el que puede fluir la sangre de Jesucristo que borra toda culpa. El arrepentimiento restablece la unión con Jesucristo, mediante la cual podemos participar de los frutos del acto salvador de Jesucristo, de Su fuerza borradora de los pecados.
    Ni aún el arrepentimiento de los mismos profetas ni de nadie que vivió antes de Jesucristo, pudo conseguir la anulación ni el perdón de la culpa por su propia fuerza; también en estos casos el perdón y la disolución de la culpa fueron operados por los salvíficos padecimientos de Jesucristo.
    Aunque el arrepentimiento en sí no tenga fuerza suficiente para borrar los pecados, posee, no obstante, según vimos ya, un propio poder objetivo de modificación interior que no puede ser sustituido por nada mas. Subjetivamente, sin embargo, por lo que se refiere al propósito del propio arrepentido, tiene que llenar su alma el convencimiento de que sin la anulación de la culpa no puede obrarse ninguna transformación interior y que todo anhelo de convertirse en otro permanece inoperante, si antes no ha sido borrada la culpa por la sangre de Jesucristo. Precisamente este convencimiento es el supuesto para que, desde un punto de vista objetivo, el arrepentimiento en sí ya pueda significar una auténtica conversión del hombre. Tocamos aquí una de aquellas misteriosas paradojas de la vida interior, cuya llave se encuentra únicamente en la revelación y para las que los ojos de «este mundo» se quedarán eternamente ciegos. Todas ellas están en relación intimísima con las palabras del Señor: «Quien se humille será exaltado, y quien se exalte, será humillado» (Lc 14, 11).

    Igualmente corresponde al verdadero arrepentimiento que sea vivo en él no sólo el ardiente anhelo de perdón de la culpa, sino también el de purificación y santificación, y la fe en que Dios las puede y quiere realizar. De ahí deriva la súplica de perdón y purificación, y el propósito de no separarnos nunca más de Dios. Existe también un arrepentimiento puramente pasivo que espera el perdón de los pecados de la misericordia de Dios, pero no la purificación ni la santificación. En una actitud de falsa humildad nuestra tendencia al pecado es tomada con una falta de esperanza tan grande, que la convicción de poder mejorar en un futuro, parece temeraria. Se cree uno que todo lo que se pueda hacer es encomendarse con toda pecaminosidad a la misericordia de Dios y soportar con paciencia la miseria de los pecados propios. En el luteranismo el concepto dogmático de la justificación condiciona un semejante arrepentimiento puramente pasivo. Porque para Lutero no existe purificación ni santificación, sólo un no tomar en cuenta nuestra culpa por obra de Jesucristo. Este arrepentimiento puramente pasivo con el que caemos, en cierto modo, en el extremo opuesto de los que consideran suficiente un buen propósito para el futuro y superfluo el arrepentimiento, nunca podrá conducirnos a un firme propósito de comenzar una vida nueva en Jesucristo. Al contrario, el que se siente lleno de verdadero arrepentimiento no dirá solamente a Dios: «aparta Tu rostro de todos mis pecados y borra todas mis iniquidades» (Sal 51, 9), sino también: «Crea, oh Dios, en mí un corazón puro y en mis entrañas renueva un recto espíritu. Devuélveme la alegría de Tu salvación y fortaléceme con Tu santa fuerza» (Sal 51, 10-12). El verdadero cristiano sabe perfectamente que si se abandona a sí mismo, siempre volverá a caer; pero sabe también que por Jesucristo ha recibido en el bautismo una sagrada vida sobrenatural y que por la gracia de Dios puede y debe convertirse en un hombre nuevo. Sabe que Dios quiere su colaboración en este proceso de transformación y que, como dice San Agustín: «Qui te fecit sine te, non te iustificat sine te.» («Quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti», S. Agustín, Sermo 169, 13). El arrepentimiento no paraliza al cristiano y no lo desalienta; no sólo mira en él su propia debilidad, sino también los brazos misericordiosos de Dios que lo quieren acoger en Su santidad y la fuerza que florece en él, tan pronto como se lanza en los brazos de Dios. Sabe que el arrepentimiento es el supuesto ineludible para toda purificación y santificación, que todo propósito que no nace del dolor y de la contrición, se queda estrecho y estéril, porque no se tomó desde la última profundidad y sobre todo desde Dios y en Él. Sólo en el arrepentimiento nuestro ser se funde de tal manera que podemos ser acuñados por una permanente orientación de nuestra voluntad hacia Dios, arraigada en lo más íntimo de nuestro ser.

    El verdadero cristiano dice con David: «Ante Dios vale como sacrificio el espíritu contrito; un corazón arrepentido y humillado, no será, oh Dios, menospreciado por Ti» (Sal 51, 19). Y sólo del arrepentimiento vivido así, nacerá el propósito heroico y válido de convertirse en un hombre nuevo. A través de este arrepentimiento, el pecador lanza de nuevo sus anclas en Dios y bajo la convicción de fondo de su debilidad y miseria florece, liberada de todas las ilusiones, la voluntad santamente sobria de no volver a separarse de Dios nunca más, aquella sagrada audacia de «desvestirse del hombre viejo» para «vestirse del hombre nuevo» en Jesucristo.
    «Señor y Dios. Rey de los cielos y de la tierra, conduce y santifica, rige y gobierna hoy nuestro corazón y nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, palabras y obras según Tus leyes, según el cumplimiento de lo que Tú has mandado, para que con Tu ayuda podamos ser felices y libres aquí y eternamente, oh Salvador del mundo» (Oración de la Liturgia de las Horas).
    En el verdadero arrepentimiento se encuentra una singular renuncia de sí mismo, un fundirse de la soberbia y del corazón. En el arrepentimiento se renuncia a la autoafirmación natural que normalmente llevamos dentro con tanta naturalidad, pero que se niega a admitir un agravio y que hace que nos parezca tan difícil pedir perdón a otros con los que hemos sido inicuos. En el arrepentimiento nos rendimos con amor humilde. El específico endurecimiento que nos cierra a Dios y al prójimo, desaparece, el agarrotamiento del afán de tener razón y de la defensa de la propia posición se suelta. Adoptamos una disposición en la que, por
principio, nos abrimos a todo lo bueno y renunciamos a toda autoafirmación y en la que nos hallamos totalmente indefensos. El arrepentimiento significa también una singular penetración en la más profundo. Con él nos despertamos de un vivir inconsciente a la plena trascendencia de la situación metafísica del hombre, a la viva confrontación con Dios, a sus sagrados mandamientos, a nuestro destino, a la responsabilidad que Dios nos ha impuesto, al significado de nuestro caminar en esta tierra para nuestro destino eterno. En él abandonamos la periferia y nos orientamos hacia lo céntrico. En el arrepentimiento damos a la vez la respuesta a la infinita santidad de nuestro Señor absoluto, de nuestro eterno Juez que no permite escapada, y a nuestra naturaleza pecaminosa.

    Por todo ello, el arrepentimiento constituye la palabra más antigua del hombre caído ante Dios. No solamente es indispensable para la transformación en Cristo, para toda fluidificación de nuestro ser, para toda formación por Cristo, sino que es el que otorga al alma humana una belleza particular, pues en él aflora una actitud fundamental llena de respeto, de humildad y de amor; por él abandona el hombre la fortaleza de la soberbia y de la autoglorificación, el sueño de la irreflexión y de la ignorancia, y se dirige a donde le corresponde estar en verdad ante Dios.
    Por esto dice el Señor: «Habrá más alegría en el Cielo por un pecador arrepentido que haga penitencia. que por noventa y nueve justos que no precisan de la penitencia» (Lc 15, 7). Bajo esta denominación de «justos» no se entiende ni a los santos ni a los fariseos, sino a todos aquellos que llevan una vida correcta y no han incurrido en flagrante contradicción con los mandamientos de Dios, pero que no llegan nunca a la plena entrega, que sólo se realiza mediante el arrepentimiento en todo hombre cargado con el pecado original. Son aquellos hombres que se esfuerzan por no ofender a Dios, pero que nunca llegan a vislumbrar el inmenso, infranqueable abismo que separa la Santidad de Dios de nuestra maldad; son aquellos que no llegan a la total renuncia de sí mismos, a la abdicación a toda autoglorificación por muy escondida que sea; aquellos que no están «desnudos» ante Dios confiando sólo en Su misericordia. Nunca se despiertan del todo a la situación metafísica del hombre, nunca se apartan tan radicalmente de sí mismos, nunca se deshacen tanto en humildad y amor, que no saben jamás captar la plena trascendencia de nuestro destino ante Dios, como el hombre arrepentido. Nunca descienden tanto para que Dios les pueda elevar. Vemos cómo María Magdalena, la pecadora pública, a la vista de Jesús, se cae de rodillas y lava Sus pies con sus lágrimas. Vemos la vida nueva que, con el arrepentimiento, brota en el alma de aquella mujer. Vemos como el amor y la humildad funden la dureza de su alma. No a Simón que está sentado al lado de Jesús, con la convicción de no haber ofendido a Dios, sino a la pecadora arrepentida postergada a Sus pies, dice el Señor: «Tu fe te ha salvado: ve en paz» (Lc 7, 50). Y fue ella quien sería distinguida con la honra de ser la primera en anunciar a los Apóstoles la Resurrección del Señor.

Dietrich von Hildebrand, Nuestra Transformación en Cristo, II - El Arrepentimiento



UPDATE: Resulta ser que la Iglesia tiene "Oraciones para pedir Lágrimas", que manifiestan sintéticamente en la liturgia todo lo que Von Hildebrand expresa en este texto. A dichas oraciones les dediqué esta entrada. No por nada dice el dicho eclesiástico "Lex orandi, lex credendi", que traducido sería algo así como "La ley de la Oración es la ley de la Fe", significando que "se reza lo que se cree".

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