jueves, 25 de agosto de 2011

Propuestas de cambio en la disciplina sacramental del Matrimonio

Luego de la entrada anterior, me pareció apropiado escribir esta entrada acerca de ciertos cambios que pienso podrían ayudar a "orientar" a la Iglesia toda hacia una salida de la crisis del Sacramento del Matrimonio. En realidad, sería mejor hablar de dos crisis: una que es mas bien externa a la Iglesia y que está dada por el abandono de la concepción cristiana del Matrimonio por parte de la sociedad , y otra crisis "ad intra", hacia adentro de la Iglesia, que está dada por la situación en la que están muchas personas en segundas nupcias que no pueden comulgar.

Estas dos crisis son independientes, aunque se retroalimentan mutuamente. Muchas personas al salir "en defensa" de quienes deben abstenerse de la comunión, optan por soluciones que destruyen lo que la Iglesia siempre creyó con respecto al Matrimonio: atacan las enseñanzas que el mismo Cristo nos legó, disfrazando dicho ataque de una "nueva exégesis". Este no es el camino. No se puede recortar el Evangelio por una cuestión pragmática. Y digo pragmática porque me parece que esta crisis ad intra se origina por un problema en la praxis o disciplina sacramental de la Iglesia, en el contexto de la crisis extrínseca de la que hablaba antes.

Un intento de diagnosis

Siendo fiel al espíritu de este blog, voy a tratar de mantener las cosas simples, pero sin perder profundidad. Había dicho antes que pienso que hay dos crisis: una externa y otra interna. Bueno, según mi humilde parecer, buena parte de la crisis interna se da porque la Iglesia siguió confiriendo el Sacramento del Matrimonio como si la crisis externa no existiese, como si las personas "no practicantes" que desean casarse, tuviesen la misma intención que tenían los no practicantes de hace 50 años.

Cuando una persona cualquiera quiere siquiera ir a hacer el curso de catequista, necesita una carta de recomendación de su párroco. Para estudiar. Me imagino que para que un muchacho entre al seminario se exige muchísimo mas que una carta de recomendación... cualquier sacerdote coherente debería conocer mucho a cualquier precandidato al presbiterado, antes de siquiera sugerirle entrar al seminario. ¿Porque no pasa la mismo con el sacramento del Matrimonio? Sencillo, hasta hace algunas décadas, la sociedad tenía en su imaginario un concepto de Matrimonio idéntico (o muy parecido) al de la Iglesia. No hacía falta instruir a nadie acerca de lo que era el Matrimonio cristiano, porque ya se sabía, la sociedad toda lo sabía, nuestra sociedad era una sociedad cristiana. Sin embargo, a partir de la década del '60, con el surgimiento de los anticonceptivos, las legislaciones del divorcio, etc., ese concepto en el imaginario social cambió radicalmente. No solo cambió el concepto de Matrimonio, sino que las virtudes como la fidelidad y la perseverancia perdieron valor a los ojos de la sociedad. Y para coronar un ambiente que no puede ser peor, la cantidad de estímulos a la sensualidad que se experimentan a través de los medios de comunicación (incluso de forma involuntaria) nunca ha sido mayor.

Supongamos entonces, teniendo en este contexto en mente, que una parejita llega a la parroquia diciendo que quiere casarse por Iglesia. Con una tasa de divorcios que ronda el 50% sobre el total de matrimonios, cualquier cura mas o menos coherente debería saber que sin la ayuda de las gracias sacramentales, hay mas o menos un 50% de posibilidades de que estos noviecitos terminen engrosando las estadísticas. Se que muchos dirán que para casarse, las parroquias piden hacer un curso y que se yo. Mas allá de que me parece evidente que esto de las catequesis prematrimoniales no funciona, hay un punto fundamental que no se soluciona ni con la mejor catequesis, el cual detallo a continuación:

Los impedimentos de la Gracia

Acá esta el núcleo de la cuestión. Por mas que los novios hagan una excelente catequesis, para que haya gracia sacramental, es indispensable estar en estado de gracia. Y para estar en estado de gracia, es indispensable ir a Misa. Entonces, los párrocos y obispos podrán poner a sus mejores catequistas a preparar a los futuros esposos, pero si estos no tienen una vida sacramental plena, la gracia del sacramento del matrimonio no puede actuar en ellos.

¿Cual es la consecuencia? Los esposos no tienen mas que sus fuerzas naturales para vivir en un estado al cual la sociedad jamás le fue tan hostil. No se me ocurre un mejor paralelismo que regalarle a alguien un auto espectacular, pero sin combustible y en medio de un desierto en donde no hay ninguna estación de servicio.

La validez de los Matrimonios entre católicos no-practicantes

Debido a la crisis extrínseca de la que vengo hablando, estoy convencido de que un muy elevado porcentaje de la gente que se casa por Iglesia, ignora cuestiones esenciales acerca de que es lo que está haciendo. Entre otras cosas, desconoce la naturaleza del vínculo en el que pretende entrar, desconoce sus obligaciones para con Dios y el cónyuge, etc. El punto que mas se ignora hoy por hoy acerca del matrimonio, es su finalidad. La cual no es otra que (usando términos tradicionales católicos) engendrar y educar a la prole, en palabras menos crudas, formar una familia (con hijos). Hoy por hoy, los hijos pasaron a ser algo optativo en "la pareja". Mas aún, el "estar casado" pasó a ser un "atributo" de "la pareja", mientras que para la doctrina cristiana solo existe el matrimonio y el tiempo de preparación a él (que ha tomado diversas formas en distintos momentos y lugares; el cortejo, el noviazgo, el compromiso, etc.). Se ignora también la finalidad dual del "acto conyugal", siendo el fin primario la perpetuación de la especie humana, y el secundario, la unión de los esposos. La inmensa mayoría de la gente que se casa (católicos practicantes inclusive) piensa que la finalidad primaria del acto conyugal es la obtención de placer, y que además puede ser usado para tener hijos.

La pregunta entonce es: ¿Es válido un matrimonio en estas situaciones?

Aquí planteo la cuestión doctrinal (lo hago como pseudo-teólogo, esto representa una opinión personal y no la doctrina de la Iglesia). La Iglesia enseña que el sacramento del matrimonio no lo confiere el sacerdote que lo preside, sino los esposos, mutuamente. También enseña la Iglesia que para conferir válidamente un sacramento, es necesaria la recta intención. Muchos teólogos dicen que, desde el punto de vista del objeto, basta con "querer hacer lo que hace la Iglesia" para conferir válidamente un sacramento. Otros ponen la vara un poco mas arriba y dicen que es necesario "querer hacer lo que Cristo estableció que el sacramento efectuase". Como dije antes, en la sociedad occidental, hasta hace unos 40 o 50 años, "lo que hace la Iglesia" con respecto al matrimonio estaba implícito en el imaginario social, que no es otra cosa que establecer un vínculo perpetuo ordenado a la formación de una familia. ¿Que queda de ese concepto en el imaginario social hoy? Poco y nada pienso yo. ¿Puede alguien tener la intención de originar un vínculo de este tipo, si ignora la esencia del vínculo en cuestión? A mi me parece (he aquí mi opinión teológica) que no. Ni que hablar de quienes se casan sin tener la intención de ser fieles (aquí se sabe que no hay sacramento) o estar abiertos a la vida (aquí estoy casi seguro de que no hay sacramento), las que se casan "por el vestido" (idem), etc.

En resumen: No puedo tener una intención real de hacer X cosa, si desconozco lo que dicha cosa X es. Lo que importa no es el nombre, la denominación de la cosa que tengo intención de hacer, sino lo que realmente la cosa es, que está dado por su esencia. Tendrán el mismo nombre, pero el matrimonio para la sociedad y el matrimonio para la Iglesia son (lamentablemente) cosas distintas.

Seguramente me dirán: Bueno, es que para eso están las catequesis. Dos cosas: Primero, que si hay algo que aprendí en mi década y pico como catequista de jóvenes, es que no basta con que alguien exponga la doctrina para que el intelecto sea "informado" por la misma; aprehender la doctrina cristiana lleva años. Y aún así, supongamos que el catequista es excelente, y los novios están dispuestos a escuchar. Al cabo de los encuentros, se dicen: "Entiendo perfectamente la naturaleza del vínculo matrimonial y las obligaciones que este impone". El sacramento es celebrado (aquí si, sin duda acerca de su validez). Sin embargo, si los ahora esposos no comienzan la vida sacramental, volvemos al ejemplo del auto: estamos perfectamente seguros de que el auto lo tienen, y ellos de cómo tienen que usarlo... pero falta la nafta y la intención de ir hasta la estación de servicio.

Cambios propuestos en la disciplina sacramental

¿Cuales son los cambios concretos que propongo para re-orientar esta situación? Varios. En principio, que los pastores de almas comiencen a ocuparse de los novios de una forma similar a la que se ocupan de los candidatos al presbiterado. Asegurándose de que ese noviazgo sea vivido cristianamente, que sirva realmente para un mutuo conocimiento de modo de evitar "sorpresas" luego (me refiero a sorpresas serias, como una propensión a la infidelidad, al alcoholismo, a la violencia... es decir, pecados "viciados". Un confesor no debería tener ningún problema en advertirlos y si este sabe que el penitente se encuentra en un noviazgo, puede obligar so pena de negar la absolución a que esclarezca la situación con su pareja). Así, los pastores de almas solo deberían aceptar celebrar matrimonios de parejas a quienes conozca personalmente, que sepa que "se conocen", y que tenga cierta certeza de que van a contar con los medios sobrenaturales para llevar adelante la vida matrimonial.

Presiento que alguno pensará: "Pero si la Iglesia no los casa, entonces los está forzando al adulterio". Es parcialmente cierto (si comienzan a venir a Misa y demuestran la intención de continuar una vida cristiana, no habría impedimento alguno), pero de la otra forma, los está alentando a asumir un compromiso mucho mas grave, sabiendo que no tienen la plenitud de los medios para cumplirlo. El día de mañana, si ese matrimonio "fracasa" y alguno de los dos contrae nuevas nupcias, habría un impedimento serio para que pudiesen comenzar una vida sacramental plena.

Con respecto a las personas que ya se encuentran en "situación irregular" la Iglesia debería revisar las causas de nulidad, incluso la que expuse arriba: defecto en la intención por ignorancia acerca de la esencia del vínculo que se pretendía formar. También, la jerarquía de la Iglesia debería procurar que sea mas accesible iniciar un proceso de nulidad. Después de todo, creo que la Iglesia tiene parte de la culpa de que muchas personas asumiesen una obligación que no tenían los medios para cumplir. Las disparidades entre las diferentes jurisdicciones a la hora de definir si un matrimonio es o no nulo, también deben ser sanada, pues es escandalosa. Es necesario que los teólogos profundicen el asunto y establezcan criterios mas claros.

Cierro con un extracto del Código de Derecho Canónico, que pienso debería ser tratado y meditado ampliamente en los cursos pre-matrimoniales:
1152 § 1. Aunque se recomienda encarecidamente que el cónyuge, movido por la caridad cristiana y teniendo presente el bien de la familia, no niegue el perdón a la comparte adúltera ni interrumpa la vida matrimonial, si a pesar de todo no perdonase expresa o tácitamente esa culpa, tiene derecho a romper la convivencia conyugal, a no ser que hubiera consentido en el adulterio, o hubiera sido causa del mismo, o él también hubiera cometido adulterio.

Ese artículo del CDC (link al artículo entero) me parece impresionante, y encierra en si una nota distintiva del matrimonio cristiano (en realidad, de toda la vida cristiana): la voluntad de reconciliación. Es una opinión totalmente infundada, pero creo que una elevada parte de los matrimonios que "fracasan" lo hacen porque falta la voluntad de reconciliarse cristianamente: que el que erró se arrepienta, pida perdón de corazón y tenga una sincera disposición de cambio; que el que fue ofendido no niegue el perdón. Y lo digo no solo con respecto al adulterio, sino con respecto a todas las ofensas que pueden tener lugar en el matrimonio. Obvio, la fuerza para cambiar, la entereza para perdonar, casi siempre requieren la caridad sobrenatural para ser obtenidas. Para eso está el sacramento; con él, uno obtiene un derecho ante Dios de recibir las gracias necesarias. Si este extracto del CDC fuese tratado y meditado en los cursos matrimoniales, distinta sería la historia. ¿Perdonarías una infidelidad? Se recomienda encarecidamente que el cónyuge, movido por la caridad cristiana y teniendo presente el bien de la familia, no niegue el perdón a la comparte adúltera. No niegue el perdón. Parece mentira que un extracto de un código de derecho pueda ser tan elocuente en plasmar una situación tan extrema y tan humana. ¡No niegues el perdón! dice el Codex Iuris Canonici, con una fuerza que no le viene del legislador, sino del mismo Cristo, que nos llamó a perdonar setenta veces siete.

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