lunes, 29 de agosto de 2011

Castillo, con la sangre en el ojo por la JMJ

José María Castillo siempre me genera sentimientos encontrados... la mayoría de las veces, negativos. Tal vez deba hacer una oración por él antes de escribir esta entrada.... hecho. Resulta ser que terminada la JMJ, el teólogo en cuestión intentó buscar una explicación a porque los jóvenes quieren tanto al Papa (link). Copio algunos extractos para posterior discusión, junto con mis comentarios.

Una de las cosas que más me han impresionado [Léase: enfurecido], en la reciente JMJ celebrada en Madrid, ha sido lo mucho que tanta gente quiere al papa. No me refiero simplemente al entusiasmo masivo, al respeto, la admiración, al fervor de los fieles. De todo eso, por supuesto, ha habido mucho. Pero es que, además, lo que se ha palpado en las miradas y en los rostros, en los gritos y en los cantos de muchos de los asistentes ha sido algo más hondo, seguramente el sentimiento más íntimo y más profundo que un ser humano puede sentir hacia otro: el cariño, el amor sincero.

Y naturalmente me he preguntado, y me pregunto, ¿es esto el mero contagio de una especie de histeria colectiva tan característica en las concentraciones masivas de gente entusiasmada? Sin duda, algo de eso se ha producido. Pero creo que con echar mano del contagio de masas, que se puede producir en cualquier espectáculo o concentración masiva de gente, con eso nada más no explicamos lo que realmente ha ocurrido en Madrid con motivo de la venida del papa. ¿Por qué?

Porque los cientos de miles de personas, que ha concentrado el papa, no se han reunido para asistir a un espectáculo artístico, deportivo o de cualquier otro tipo que se parezca a eso. (...) Ha ido a oír mensajes, consignas, mandatos y prohibiciones que no siempre y en todo son precisamente agradables. El papa les ha dicho a sus oyentes, (...) que lo que tienen que hacer en la vida es aceptar y cumplir lo que les enseña y les manda la Iglesia. Y bien sabemos que lo que enseña la Iglesia es, a veces, difícil de entender. Y lo que manda la Iglesia no siempre es fácil de observar o de cumplirlo a rajatabla. Lo que ha dicho el papa, si se toma en serio, si se acepta de buen gusto, si se acoge con cariño y se aplaude con entusiasmo, supone un fenómeno de amor masivo y entusiasta que no resulta fácil de explicar, al menos a primera vista. (...)

(...)

Realmente, ¿qué pasa con esto del cariño al papa? Se puede cuestionar lo que dijo Jesucristo en tal o cual pasaje de un evangelio. Te dirán que eso es asunto de teólogos o de exegetas. Pero como te atrevas a cuestionar lo que el papa ha dicho en un discurso cualquiera, prepárate para lo que se te viene encima. ¿Hasta tal extremo se han trastornado las cosas, las mentes y la misma religión?

Todo esto - dicen los entendidos [Léase: digo yo]- tiene una explicación tan simple como profunda al misma tiempo. El fondo del asunto está en el miedo que todos le tenemos a la libertad. Sí, es así, por más sorprendente que pueda parecer. (...) Por eso la gente ama apasionadamente al que les quita de encima el peso insoportable de tener que enfrentarse cada día y en cada situación al sobrecogedor problema de pensar por sí mismos, decidir desde ellos mismos, asumir ante cada ser humano la propia responsabilidad. (...)

Porque, en definitiva, es el problema insondable del ser humano que sólo en el encuentro con su propia humanidad es donde puede encontrar la trascendencia que todos (quizá sin saberlo) tanto anhelamos [Hmm... acá hay un concepto filosófico de fondo, en el cual me gustaría que se explayase más]. Benedicto XVI ha censurado a los que quieren “ser como dioses” decidiendo ellos lo que está bien y lo que está mal [¿Benedicto XVI? ¿No lo había hecho Dios en el Génesis?]. Según el mito bíblico del Paraíso, esa aspiración a “ser como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gen 3, 5) es la tentación básica de todo ser humano. La tentación que se vence, no aspirando a una presunta “divinidad”, sino encontrando nuestra propia “humanidad” [Acá está de nuevo ese mismo concepto filosófico... sin embargo, ¡sigue sin explicarlo!]. Lo que conlleva, como es lógico, nuestra propia libertad [La verdad que de lógico no encuentro nada en este razonamiento... ¿Planteó siquiera alguna premisa?].

El catolicismo es la religión que ha cargado sobre los hombros de un solo hombre, el papa, la asombrosa responsabilidad de ir por el mundo liberando a la gente del peso insoportable de la libertad de pensar, de decidir y de actuar. Por eso hay tanta gente que cuando ve a ese hombre lo quiere apasionadamente con un amor sin fin.

Hay un concepto erróneo que subyace en los comentarios de Castillo, el cual está implícito en el párrafo final: dice él que ser católico es delegar en el Papa los juicios morales. Hay algo de malicia en este comentario; bien debería saber un doctor en teología que la Iglesia enseña que el agente primario en la determinación de los juicios morales es la propia conciencia. Enseña el catecismo de la Iglesia católica: "El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales. ‘No debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa’" (CIC 1782). El mismo Santo Tomás de Aquino, dijo: "Cuando la razón errónea propone algo como precepto de Dios, entonces es lo mismo despreciar el dictamen de la razón que el precepto de Dios."(ST II 1, c19, art. 5, respuesta a la 2da objeción). Como se ve, un par de pinceladas de teología moral básica ofrecen bastante mas profundidad que la que ofrece el doctor Castillo. Siguiendo con el tema de la conciencia y parafraseando al cardenal Newman, debe decirse que la conciencia tiene tales derechos porque tiene similares deberes. El ser humano tiene la obligación de buscar la Verdad, y en esa Verdad hay verdades morales. Dice el Concilio Vaticano II, que espero sea terreno común entre Castillo y el resto de la Iglesia, que "Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana" (Dignitatis Humanae, n. 14). Pero Castillo, contradiciendo al Concilio Vaticano II, lo que propone es que cada hombre forme su conciencia de acuerdo a lo que interprete privadamente de los textos evangélicos. Pero que digo ¿contradiciendo al concilio? ¡Contradiciendo a Cristo mismo! Jesús no dijo: "Id, pues, y escribid los evangelios, para que las gentes los interpreten y sean orientados en sus decisiones", no, dijo: "Id, pues, y haced discípulos de todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a poner en práctica todo lo que os he mandado" (Mt 28, 19-20a).

Aquí pasamos a otra objeción de Castillo: Se cuestiona al Evangelio pero no al Papa. Bien, acá hay también malicia. Dice textualmente: "Se puede cuestionar lo que dijo Jesucristo en tal o cual pasaje de un evangelio. Te dirán que eso es asunto de teólogos o de exegetas." Exacto. Y lo es. Como todo texto escrito, acerca del mismo pueden interpretarse muchas cosas. Sino, no habría miles de "denominaciones cristianas", ni teólogos disidentes. Pero no, Dios no quiso que el Evangelio fuese interpretado de un texto, sino enseñado por personas concretas: Los apóstoles y sus sucesores. ¿No leyó Castillo acaso el pasaje del Evangelio que cité antes, o aquel que dice: "El que a vosotros escucha, a mí me escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que a mí me rechaza, rechaza al que me envió" (Lc 10, 16) ¿Como interpreta Castillo estos pasajes? Además, le sorprende que la gente quiera tanto a una figura que les impone difíciles preceptos. Me pregunto: ¿No fue acaso lo mismo que pasó en el tiempo de Jesús? Quienes iban a escuchar la prédica de Jesús ¿no iban acaso (entre otras cosas) "a oír mensajes, consignas, mandatos y prohibiciones que no siempre y en todo son precisamente agradables"? ¿Que pasó cuando Jesús prohibió el divorcio? Según Ariel Álvarez Valdés (juaz) "Los discípulos reaccionaron molestos". ¿Cuando dijo que había que comer Su Cuerpo y su Sangre para tener vida? Muchos se marcharon. Castillo nos acusa de tener pánico a la libertad, esa es la única forma en la que puede explicar que la gente siga al Papa. Es igual que los giles que piensan que los cristianos somos cristianos porque tenemos miedo de irnos al infierno. ¡Necios! Somos cristianos porque en Jesucristo y su Evangelio hemos encontrado el Camino, la Verdad y la Vida. Y para conocer el Evangelio no hacen falta teólogos: Jesucristo instituyó a los Apóstoles y a sus Sucesores para que a lo largo del mundo y la historia, esté a disposición de quien quiera recibirlo. No es el Papa sino el Evangelio, lo que nos obliga en conciencia, y no como algo extrínseco (lo hago porque el libro lo dice), sino como algo que ha in-formado nuestro ser mas íntimo.

Aquí aplica la misma reflexión que hice con lo de Álvarez Valdés: Estos tipos pretenden desplazar al Magisterio instituido por Cristo, por un magisterio propio. Pretenden reducir el Evangelio a un mero texto que debe ser interpretado. ¿Por quien? por cada persona dicen ellos, pero claro, como el común de la gente no estudia teología, habría que ir a los teólogos para saber realmente que es lo que quiso Jesús. Pero como estos teólogos jamás se pondrán de acuerdo (y sino miremos a los teólogos protestantes), nunca podríamos saber con certeza que es lo que Jesús realmente quería, ni lo que quiere de nosotros hoy. ¡La pucha! Dios se hizo hombre, se humilló a si mismo tomando condición de esclavo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz... para que los teólogos discutan.

Finalmente, desobedeciendo al Papa pero siguiendo a mi conciencia, te deseo Castillo, que te vayas al mismísimo carajo. Que Dios te agarre confesado. Gil.

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